martes, 16 de mayo de 2017

Viaje a Merlo, Viernes 14 de Abril.

Esa mañana hicimos el amor hasta bien entrado el mediodía.
Se suponía que saldríamos temprano, pero era mucho más tentador quedarse en la cama franelando.
Al despertarnos Mabel nos alertó de que como era feriado estaría todo cerrado allá en Navarro. Que debíamos comprar o nos moriríamos de hambre.
Nos pasó toallas, útiles de aseo, sábanas, frazadas y todo lo necesario para no morir en el intento, como una buena mamá gallina. Además se dió el tiempo de explicarme que la casa estaba deshabitada y que no se limpiaba hace meses. Eso me sirvió bastante para ir mentalizada, y no pensar que llegaría a la casita en la pradera.

Ese día Claudín estaba en casa, porque era feriado. Por lo que tomamos mate en el Jardín tomando sol. Era un día hermoso y todos andaban de buen humor. Las tortugas disfrutaban del pasto y las gatas revoloteaban por ahí franeleando con la familia. Estábamos sentados frente a la ventana de la pieza de Esteban, que tenía la persiana baja, lo que le dió a Claudín la oportunidad de molestarnos, diciendo que esa era la persiana del amor.

Almorzamos todos juntos y Lugo nos preparamos para partir. Pensamos ilusamente que nos iríamos solos, pero fue en vano porque Claudín estaba listo con el auto para llevarnos.

Al llegar a la plaza de Merlo, esperamos el Colectivo (ya que aunque fueran varias horas de trayecto, no se tomaba Bondi sino colectivo), en una fila que comenzó a crecer interminablemente. Muy ilusa, pensé que nos iríamos todos los pasajeros sentados, pero me equivoqué. El Colectivo iba igual que un Transantiago, pero no importaba porque íbamos sentados en la escalera.
A medida que el colectivo salía de Merlo y se adentraba a otras localidades, se fue vaciando el colectivo, y vimos la gente que iba sentada. Detrás de nosotros una familia obesas, frente a la puerta donde estábamos, un joven haciéndose el dormido y delante una joven ocupando el celular y comiendo. Delante de nosotros, una mamá con su hija grande sentadas en dos puestos, y así suma y sigue. Sin embargo, nadie parecía notar que una abuelita venía parada. Era mínimo hora y media de viaje y me pareció repulsivo que nadie le diera el asiento. La gente se hacía la estúpida y desentendida mientras la señora seguía parada. Me dieron ganas de preguntar para que alguien le diera el asiento, pero pensé que podía sentirse mal.
Le pregunté al Este y llegó a la misma conclusión. Decidí pararme de la escalera, aunque sabía que la señora no se sentaría allí... Imaginaba que se iba a fracturar el coxis en 7 partes si lo hacía. Aún así, decidí no estar sentada. Si ella iba a estar parada todo el viaje, yo también.
Esteban también se paró y nos fuimos así todo el viaje. Yo enojada refunfuñando por la idiotez de la gente, sobre todo la de los dos jóvenes en frente de nosotros, mientras Esteban intentaba aplacar mi ira.
Al fin, la abuelita se bajó a la mitad de Camino en Las Heras, y el colectivo se vació al igual que mi ira.
Cuando llegamos a Navarro ya estaba nuevamente contenta. Miraba todo nuevamente como perro nuevo.
Era un pueblo bonito, lleno de verde.
Nos bajamos frente a una cafetería muy bonita. Sorprendentemente bonita, a la que me dieron ganas de entrar a tomar un helado, sólo para molestar. Al mismo tiempo tenía ganas de tomarme una cerveza en la cantina. Quería hacerlo todo, daba lo mismo qué. Y Esteban me seguía el juego. Sin embargo, decidimos llegar a la casa, ordenar nuestras cosas, y luego salir.
Caminamos hasta pasada la vía del tren y llegamos a una casa pequeñita pintada de celeste. Tras ella tenía un patio enorme con un naranjo y un palo borracho, entre otros.
Estaba feliz! Ya quería dejar mis cosas y salir a recorrer. Pero cuando abrimos la puerta de la casa, entendí porqué Mabel me había advertido. La casa parecía abandonada hace años. Enormes telas de araña recorrían cada vértice de la casa. El suelo parecía no tener polvo sino escombros, y las paredes parecían tapizadas por centenares de crisálidas ya abiertas.
Esteban me había dicho que amaría los muebles de la casa, únicos objetos que habían permanecido, ya que su abuelo lo había regalado todo, en uno de sus planes frustrados de vender la casa.  Sin embargo, aunque se esbozaba, todos los muebles estaban velados por la suciedad y el abandono.
Sobre un estante grande había una muñeca desnuda y sin pelo, con una hoja de cuchillo sin mango en la mano. Era bastante aterrador, aunque a mí me pareció un buen detalle para adornar el ambiente.
Esteban me contó que era la guagua canera que cuidaba la casa.
Nos reímos y pasamos a la pieza donde dormiríamos.
Ese lugar sí me dió un poco de acoso, ya que los colchones estaban repletos de crisálidas, con olor a pólvora y moho. Eso no me molestaba, pero pensar en lo que no podía ver, entre ácaros y demáses seres, me dió escalofríos.
El Este puso las mochilas encima de la cama y ya pensaba poner las sábanas sobre ese colchón que más parecía un bote en medio de una ciénaga.
Lo miré atónita y le pregunté si pensaba dormir arriba de eso. Y me dijo que sí.
Entonces algo bastante inusual se apoderó de mí. Las ansias de recorrer Navarro desaparecieron en un santiamén, y fueron reemplazadas por deseos irrefrenables de limpiar. Fui poseída por el fantasma de mi madre, y decidí poner las cosas en orden. Así que agarré una pala y una escoba y empecé a sacar telarañas y polvo y demáses. Al Este no le quedó más que seguirme y limpiar conmigo.
Sacamos los colchones al sol y los muebles que podían transportarse. Barrimos los kilos de polvo h tierra, sacamos las telarañas y las crisálidas, abrimos puertas y ventanas, lavamos platos, limpiamos muebles y dejamos la casa lo más impecable que podíamos. Después de eso, recién dejé que el Este hiciera la cama, pero despegándola de las paredes por sí las moscas aún quedaban arañas y crisálidas.
Para ese entonces ya se había hecho de noche y ya no tenía sentido pasear por Navarro. En cambio, fuimos a comprar cosas para alimentarnos y cervezas para celebrar.

A medida que pasaban los días la melancolía se había apoderado de mí, y ese día, antes de llegar a Navarro, había estado triste por mi partida. Después de limpiar esa tristeza volví a sentirla.
Esteban mientras me contaba anécdotas sobre todos los momentos que había pasado en ese lugar con sus amigos. A mí me parecía magnífico, pero mi cabeza pensaba en que pronto tendría que dejarlo. Cuando compramos las cervezas intenté que se me pasara, pero extrañamente ahora era el Este el que estaba lacónico y distante. Le pregunté si era porque extrañaba a sus amigos. Pero me dijo que no. Sólo era un estado, según me dijo.
Eso sin embargo me puso triste. Me ponía triste verlo triste.
Aún así nos sentamos en la vereda s tomar cervezas. Hablamos muchas cosas. Yo admiraba el cielo estrellado y él me decía que no sabía apreciarlo tanto como yo. Que no era fan de mirar el cielo.yo le conté que para mí era lo que me desconectaba de la mezquindad. Lo que me hacía recordar lo mínimos que éramos ante la inmensidad del infinito.
Pero, lo que le dije no lo penetró. La mente del Este es demasiado concreta para abstraerse en esas materias. Cuando intento hablarle de cosas que dejan de ser palpables, su concentración de diluye. Está bien... Es como cuando me habla de cosas exactas, que pocas veces me interesan.
Luego hablamos de otras cosas, de las cuales prefiero no comentar ni con un escrito, porque son secretos. Jejeje... De todas maneras me dejaron pensando y me día cuenta de lo distintas que habían sido la vida de ambos. Si alguien pensara, parecían rumbos que jamás podrían intersectarse. Pero ahí estábamos... Juntos. Amándonos con el alma.
Luego de tomar cervezas y comer un poco, nos fuimos a la cama.
Hicimos el amor como nunca y como siempre, hasta ya no poder más. Fue magnífico. Así exhaustos dormimos hasta el día siguiente.