martes, 18 de abril de 2017

Viaje a Merlo Sábado 8 de Abril

Porfín había llegado el día!!!!
Me levanté muy temprano, afiné los últimos detalles y tomando mi mochila, partí al aeropuerto.
Llegué con bastante tiempo de antelación por lo que hice todo con mucha calma.
Con ayuda de Sebastián y Carola, expertos en viajes de avión, no tuve problemas en llegar a embarque y esperar mi avión.
Me iba en un enorme avión Air Canada. Me atendieron de maravillas, si no fuera porque todo lo hablaban en inglés y francés, y tenía que hacer esfuerzos sobrehumanos por entender lo que decían.
Hubo muchas turbulencias, pero tranquilicé mi viaje jugando sudoku en las super pantallas tecnológicas de los asientos. Además, tenía tantas ansias de ver al Esteban, que nada podía impedirme llegar a abrazarlo.

A medida que me acercaba a Ezeiza, me entraba un miedo terrible de ver al Esteban. Mi cabeza se sobrecalienta pensando estupideces. Una de ellas, y la más grave, era la de saber que cada día se me esfumaba más su imagen y los recuerdos de lo que pasamos juntos (De hecho, esa es la idea de escribir este blog-diario de vida- vademecum. ruta de viaje hacia el pasado).
Tenía terror de pensar en que ya estaba enamorada del sentimiento de amor, y de una imagen en una pantalla de celular, más que del ser que me estaba esperando al otro lado de la cordillera.
a medida que se acercaba el momento del aterrizaje, más me preocupaba.

Al llegar, el Este me contó que ya me estaba esperando desde las 3pm, en la surcursal del Tienda León de Retiro (El bus de Ezeiza a Capital), por lo que cuando llegara, me estaría ahí para recibirme.
Hice todo el papeleo y me apuré para llegar lo antes posible a Capital y que no me esperara mucho rato. Me demoré nada en tomar el Tienda León, y a las 3.30 y estaba en Capital.

Pisé Buenos Aires con jucho susto, pero también muy ansiosa de verlo, pero no estaba ahí. Lo busqué en todas partes, pero no lo encontré. Y como no tenía internet para hablarle, me empecé a desesperar.
Me senté y ví como la gente que se había bajado conmigo y esperaba a mi lado, se iba. En vano intentaba colgarme del wifi de tienda león, que por alguna razón no me funcionaba. Le mandé mensajes al Esteban y otros de urgencia a Sebastián, por si el Este no llegaba.
A las 4 de la tarde apareció el Este. Lo ví llegar más flaco que de costumbre, y de hecho fue lo primero que le dije. Luego me di cuenta que quizá mi recuerdo de él era erróneo y que las fotos de sus selfies cachetón, eran claramente mi único nuevo referente desde que perdí mi celular antiguo con todas las fotos y todas las conversaciones desde el día 1, en el Octubre callejero. Además de eso, tenía rabia de que hubiese llegado tan tarde y haberlo tenido que esperar con todo ese huracán de emociones y pensamientos raros.
Me abrazó, pero no podía hacer lo mismo. Me sentía ajena al contexto y a él mismo.
Se rió un poco y me preguntó si estaba igual que cuando nos recibimos cuando llegó de Argentina en Diciembre -Y sí! claro! me estaba pasando absolutamente lo mismo! Peor con la diferencia de que además estaba enojada-.
Le hice un leve bullyng por su ausencia y por tenerme esperando todo ese rato, y me contó que como pensaba que me demoraría, se había ido al parque de Retiro, y aprovechó de mirar la arquitectura que le recordaba mucho a mí. Intenté ser un poco más cordial, y salimos del Tienda León.
Me llevó al Parque cerca de Retiro y nuevamente se me apretó el corazón con el paisaje. Con la megalomanía Argentina, esos prados verdes en medio de la urbe de edificios dantescos y neoclásicos.
El Este me señalaba los edificios que encontraba hermosos y que pensaba que podían gustarme, y yo en mi estupidez le indicaba detalles de las estructuras adyacentes que me parecían aún más hermosas. -Si hubiese sido yo, me habría dafraudado, pero el Este es una persona maravillosa mucho menos quisquillosa que yo con esos asuntos.-
Mientras tanto, intentaba hablarle de todo lo que me provocaba el paisaje, los edificios, los árboles inmensos que me mostraba, como el Palo borracho con sus flores. Me comía la ciudad con los ojos, estaba en éxtasis, y eso me hacía olvidar el miedo que sentía, aunque aún así me costaba abrazarlo.
Después de una hora, comencé a ceder a su temple. Comencé a enfocar del plano general al detalle de sus ojos, y su pelo, y sus orejas con piercings y los aros mapuche que le regalé... a su barba anaranjada mucho más abundante que la última vez que lo ví... a sus manos... a su forma de mirarme... Volví a perderme en él y a reencontrarlo casi como una necesidad elemental. Volví a imantarme y ya no pude separarme más.
La sonrisa y los besos y las caricias y los abrazos volvieron, y caminamos juntos de la mano si saber hacia dónde, aún cuando él había hecho un itinerario de lugares para visitar.
Pero yo sólo quería caminar a su lado perdiéndonos y encontrándonos en aquella extraña ciudad, y en nosotros mismos tan instintivamente conocidos.

Caminamos sorprendidos de todo, mofándonos del rococcó y los barroquismos chetos, admirando hermosas arquitecturas que se convertían en obras de arte. Vimos un cuadro horrible en 3D de una niña diabólica, y al levantar la mirada a un edificio nos encontramos con una mujer en toalla, con una máscara cutánea tipo spa, que daba el mismo susto. Nos reímos, hasta que las gotas de lluvia comenzaron a caer y nuestras ropas empezaron a empaparse. Corrimos en dirección al subte, y deslizándonos por las distintas líneas, llegamos a nuestro tren en Once.
Llovía desbordádamente y las puertas del tren se convirtieron en reales cataratas que había que sobrepasar para entrar al vagón. Nos mojamos aún más, y nos reímos de la poca ocurrencia de os administrativos Argentino que compran trenes chinos, no adecuados a las necesidades aguaceras de Buenos Aires.

Recorrimos una hora de viaje entre besos y abrazos, recordando la primera vez que tomamos ese mismo tren con destino a Merlo. Jugueteando a ser novios por un día, y riendo de ver la impresión en la cara de la Alioshka y el Fecu.

Al llegar a Merlo, paró de llover por lo que decidimos caminar, sin embargo nuestros deseos fueron truncados por el auto del papá de Esteban, que nos esperaba a la salida. El Este puteando, intentaba decirle a su papá que no era necesario, pero no lo logró, y nos fuimos con él a su casa. Mi vergüenza llegaba a puntos exponenciales, porque hace mucho tiempo que no estoy acostumbrada a conocer a los papás de mis "amigos". Con el paso a mi independencia, esos temas también habían quedado en el olvido.
Sin embargo, ahí estaba... como un tronco intentando expresar algo más que un monosílabo. Fue imposible sentirme cómoda y relajada. Me sentía una pobre sorete, y creo que fue la impresión que les dí.
Al llegar a su casa, conocí a su madre, que es la magna imagen de esas profes de castellano (lenguaje) del colegio. De poca expresión de emociones, bastante parca, e intentando que todo pareciese lo más normal del mundo. Su padre, en cambio, intentaba que me sintiera a gusto, coloquiando el ambiente, pero enfrentándose a una pendeja con aspecto de iceberg. También estaba Niní, la mamá de Claudín, y abuela del Este. Ella me miró con una cara de ternura tan grande, que me dieron ganas de abrazarla para siempre. Hizo que me sentara a su lado e intenté conservar mi temple.

Les regalé los vinos que les traía de regalo y luego tomamos mate y comimos el arroz con verduras que el Esteban tenía en el refrigerados. Fueron los momentos más largos de la historia, sólo comparados a los del día siguiente.

Después de eso, nos refugiamos en la pieza del Esteban, que estaba bastante maltrecha y con olor a comida de gato mojada. jajajajajajaja. Abrimos las ventanas y nos acostamos en su cama de una plaza, intentando encontrar un hábito en aquello de pegar nuestros cuerpos utilizando el menor espacio posible.

Nos abrazamos fuerte, en intentamos reencontrarnos lo mejor que pudimos, bajo la luz de una luna brillante que nos daba el espacio de volver a vernos en aquella forma primigenia que tanto amábamos.